CACEROLAZOS. CON CFK PARA COMPRAR DÓLARES. CON MACRI PARA COMER.
Diario El Campesino - Resistencia
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Cambió dramáticamente el sentido de las protestas de la clase media. Del medio pelo argentino al decir de Jauretche. Las cacerolas que la clase media argentina abolló a golpes años atrás, para que el gobierno le permita comprar dólares con los excedentes de sus sueldos y poder viajar por el mundo, habían enmudecido largo tiempo cuando las mismas manos que las blandían pusieron su voto lleno de odio en contra del gobierno que causaba esa rabia de regular la estampida de la divisa yankee producto del excedente de su saciedad.

Desde el año pasado comenzaron a volver. Primero tímidamente y casi con vergüenza. Pero con el aumento de la falta de todo en sus hogares, la fueron perdiendo. Y hace un par de días volvieron con todo, una multitud decidió aturdir numerosos barrios de Buenos Aires y ciudades del país para decir ¡no damos más!

Mientras el presidente, que nada sabe de trabajo y descansa todo el año y todos los años, en este tiempo en Villa la Angostura y promete tomarse unos días de trabajo para visitar dos provincias vecinas, entre la multitud cacerolera Luis, con silbato y cacerola dice: “Es el peor gobierno de los últimos 150 años. Este tipo es Pinocho: de madera, sin cerebro ni corazón. Los jubilados no tienen ni para comprarle caramelo a los nietos, ni para remedios. Estos tipos están matando el pueblo, se tienen que ir, y no digo más porque tengo miedo que lleve la cana”, confiesa y aclara que es jubilado telefónico.

“No podemos más, no sólo por las facturas: no hay trabajo, la inseguridad tiene que ver son eso. Pido al pueblo que despierte, porque van a venir con cualquier cuentito y los van a volver a votar”, advierte una jubilada y que trabaja de costurera. “Me preocupan los jóvenes. El presidente dice que creó puestos de trabajo… sí, con un cajón en la espalda”, dice sobre los mensajeros que trajinan Buenos Aires.

“Yo aposté por este gobierno, aposté por el cambio, pero lamentablemente estamos bastante defraudados”, explica Laura desde el fondo de su ingenuidad, con su hija en brazos. “Sabía que al principio iba a ser duro, pero no pensamos que para tanto. No hay una sola medida que apunte al bienestar del pueblo, de la clase media”, se lamenta.

“Tengo un comercio, tenía tres empleados y ahora no tengo ninguno, es lamentable. No hay consumo, hay que hacer malabares para llegar a fin de mes”, dice Gerardo Fernández, que tiene un negocio de ropa en San Isidro. “En este barrio (por Caballito) ganaron con el 63% de los votos, recién ahora se están dando cuenta de lo que son, de lo que siempre fueron”, indica.

“Salí a la calle porque esta situación no se puede sostener más. Soy profesional desde hace treinta años, me dieron un 15% de aumento y no hay plata que alcance. Hay que cortar así (la calle) para que nos escuchen”, explica otra mujer apostada allí cerca.

“Acá en Caballito ganaron por mucho pero los que no los conocían se están empezando a dar cuenta, porque el día a día es igual para todos”, explica Adrián, 48 años, quien destaca que “acá no hay partidos políticos”. “Soy laburante, taxista, el trabajó bajó como en todos los rubros. La gente no tiene plata, trabajamos para pagar impuestos y comer, entonces tomar un taxi es un lujo”, asegura.

“Son delincuentes, que se vayan todos, son una manga de mafiosos”, grita un jubilado que lleva un cartel con la leyenda “Macri, nos estás matando”.

“Está muy complicado, perdimos mucho poder adquisitivo y parece que nos toman el pelo: el señor muy tranquilo en La Angostura”, destaca una joven con su hijo en brazos.

–¿Qué futuro le ves a tu hijo? –pregunta un movilero de televisión.

–Un futuro hermoso, porque estos se van a ir –responde sin dudar.

Falta una mayor organización de los campesinos pequeños y medianos, víctimas de las corporaciones de los agronegocios, que es necesario que tomen conciencia que la participación junto a sectores urbanos es tan importante como agachar el lomo en el surco todo el año.

Es imprescindible que las organizaciones campesinas se den un tiempo entre sus carencias para dar la batalla más importante: hacerse visibles y exigir al poder el respeto hacia quienes producen el 80% de lo que se consume en cada mesa.

Las organizaciones existentes, que son muchas, deben ganar las calles, los caminos, las rutas, para expresar su exigencia de justicia frente a la amenaza permanente de exterminio por parte de la agricultura comercial que solo ve la renta como objetivo, ignorando al hombre como centro de todas las políticas.

Fuentes: NODAL; Página12 y propia.


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