TODOS SOSPECHOSOS (Tercera Parte)
Diario El Campesino - Resistencia
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En el hospital Perrando, el “tape” resulta ser Ramón Ávalos, 64 años, correntino, llegado al Chaco allá por el año 60, atraído, como miles de comprovincianos por la cosecha manual de algodón. Alcohólico, sin familia conocida, sin antecedentes policiales. El doctor Sumarelli lee la historia clínica aportada por el hospital Donovan de Malkallé. Allí reza que Ingresó con un cuadro severo de hipotermia, signos de desnutrición, sin lesiones visibles y sin alcohol en sangre.

(Aqui Primera Parte)

(Aqui Segunda Parte)

Ya es martes. A primera hora, el abogado de Carlos Bozicovich, doctor Miguel Blanco, dialoga con el médico Sumarelli respecto de otros estudios que determinen con certeza la inexistencia de lesiones internas, en el momento justo en que desde el sector de Diagnóstico por Imágenes le acercan al médico el informe que dice que no se observan lesiones de ninguna naturaleza en el estudio realizado al paciente Ramón Avalos. Solicita al abogado Blanco autorización al médico para dialogar con el paciente siendo autorizado.

Después de los saludos de forma, el doctor Blanco le explica a Ávalos las razones de su presencia. Le pregunta si recuerda las razones por las que se hallaba en esa banquina y las circunstancias que lo llevaron al hospital de Makallé.

Ávalos piensa un instante como no entendiendo exactamente las razones del planteo, antes de comenzar un pausado relato. Yo salí de lo de don Máximo el sábado después del mediodía y me fui hasta el boliche del cruce viejo, allí nos encontramos con “Pepe” Garcé y el rengo Matute. Pedimos vino y nos pusimos a conversar sobre la yerra de la semana pasada en lo de don Amado. Entre vino y vino pasó la noche y también el día siguiente. La lluvia seguía, y nosotros también. A la nochecita del domingo yo dije me voy. Pepe dormía en la silla, Matute me dijo, vos estás loco, a donde vas en pedo, con este frío y la lluvia.

Chau, me fui. Caminé, como para el poniente y al amanecer, con la lluvia y el frío, el pedo me pasó y por eso me di cuenta para donde agarré. Me pasaba la borrachera y me iba poniendo duro por el frio. Seguí caminando, las piernas se me ponían duras, me caí un par de veces y me levanté. No había casa ni árbol cerca. Seguí a pesar de que cada vez veía menos, era como que el frío me dejaba ciego. Volví a caerme, y ya no me pude levantar porque no podía doblar las rodillas. Ahí me quedé sentado en el barro tratando de hundir la cabeza entre los hombros. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que pensé que me moría. Vi una luz blanca muy fuerte, y tras ella apareció una figura, ¿será Dios o el diablo me dije? No estaba muy seguro porque rodando y rodando en la vida hice más cosas buenas que malas, pero uno nunca sabe. De repente apareció otra figura, todo borroso. Se inclinaron, me tocaron, no sé si hablaban porque yo no escuchaba nada y tampoco veía si movían la boca, porque mi visión era borrosa, solo figuras, sin un contorno definido.

De repente me agarraron de los hombros y las patas, me levantaron y me metieron en un lugar calentito, que al rato me di cuenta que era una camioneta. No era la muerte dije.

Pasaron unos minutos y empecé a escuchar un poco, como lejos, y a ver un poco más, pero no podía moverme. Me quedé paralítico me dije, y pensé que mejor era morir nomás. ¿Quién me iba a ayudar siendo solo y pobre? Pasó un tiempo hasta que supe que era un hospital, todo limpio y con olor a remedio. Me sacaron toda la ropa y con agua tibia me lavaron el cuerpo para después envolverme con otra ropa y taparme con un par de frazadas. Enseguida me hincaron en el brazo y me conectaron un tubo con una manguerita. Me empezó a entrar un líquido que, como cosa de mandinga, me fue calentando todo el cuerpo y el triperío también. Ya empecé a mover las piernas, brazos y la carretilla, aunque todavía me costaba hablar. Pero me di cuenta que volví de la muerte. No eran ni Dios ni angelitos los que me levantaron de la ruta, pero me salvaron la vida… Me salvaron la vida.

El doctor Blanco se presenta en la fiscalía a los pocos minutos, le relata al fiscal la situación de abuso que sufre su defendido Carlos frente a la presión policial, y la versión de Ávalos que claramente desmiente cualquier sospecha de accidente, más el informe de ausencia de lesiones de ninguna naturaleza, lo que también pone en evidencia que desde la comisaría de Makallé se le mintió a la fiscalía con el solo objeto de incriminar a los detenidos. Le solicita al fiscal se le tome declaración a Ávalos en el hospital Perrando y radica denuncia contra la policía de Makallé.

A la hora ya están en el hospital el fiscal, un escribiente y el doctor Blanco. El fiscal solicita copia certificada de la Historia Clínica, incluida la del hospital de Makallé y procede a tomar declaración a Ramón Ávalos.

Ávalos repite, con mayor detalle dado que el fiscal le pide que amplíe en algunos tramos especialmente en lo referente a su tránsito a la vera de la ruta. Dura aproximadamente una hora el trámite, retirándose las autoridades judiciales. El doctor Blanco queda a la espera de novedades una vez que la fiscalía analice la información con que ahora cuenta.

Mientras tanto en la comisaría de Makallé Vallejo y Cardozo siguen empeñados en lograr una declaración tanto de Carlos como de Elpidio en la que reconozcan haber atropellado a Ávalos. Los presos se mantienen inmutables. Los vuelven a sentar en la oficina de Vallejo, el que reitera una y otra vez la pregunta de cómo es que atropellaron al tape. El único que contesta es Elpidio siempre con la misma respuesta. Una vez más Vallejo se altera y les grita que ellos creen que es un boludo para tragarse eso de que se detuvieron preocupados por la salud de ese infeliz.

Son las siete de la tarde, en la guardia de la comisaría dos agentes miran TN y se indignan con las noticias sobre la “pesada herencia”. Entusiasmados con la indignación no perciben que una decena de vehículos pararon frente a la comisaría, de los que descendieron más o menos treinta personas, la mayoría policías. El Jefe de Policía, un par de comisarios, otros tantos oficiales, y el resto agentes. También está el fiscal y el juez en turno.

Ingresan a la guardia provocando un sobresalto mayúsculo en los dos agentes que saltan, silencian la televisión, se cuadran, saludan , intentando uno de ellos correr para avisar al comisario cuando es detenido en su intento por el Jefe, ya que se escuchaba perfectamente el interrogatorio que se estaba llevando adelante en la oficina contigua.

Sigue en una Cuarta Parte


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