TODOS SOSPECHOSOS
Diario El Campesino - Resistencia
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(Primera parte) Conducir en estas condiciones, y llegar, es casi una proeza. Frío polar. Agosto abrió con una interminable lluvia diluviana que ya lleva una semana, cientos de milímetros inundan media provincia. La ruta 16, una de las más rodadas del nordeste es casi una caravana ininterrumpida durante el día en ambas direcciones. Y en estas condiciones se torna muy peligrosa dado el escaso mantenimiento que brindan las concesionarias viales que explotan peajes casi exclusivamente para cortar el pasto de las banquinas.

Terminan siendo en realidad jardineros caros.

Son las diez de la mañana, pero a raíz de la cortina de agua helada la visibilidad se torna dificultosa por lo que la circulación es prudentemente lenta y tensa. De repente, pasando La Escondida y a la altura del Estero Chajá, la camioneta que circula cien metros adelante activa sus balizas y comienza a disminuir aún más su velocidad, por lo que hago exactamente lo mismo. Metros más adelante el conductor de la camioneta baja a la banquina y se detiene. Cuando lentamente realizo el sobrepaso noto que unos metros delante de la camioneta, ahora estacionada, está una persona sentada en medio de la banquina. Por una mezcla de curiosidad y contagio solidario hago la misma maniobra y me detengo.

Regreso hacia el lugar donde estaba el hombre sentado con las piernas extendidas hacia adelante, sus manos apoyadas sobre las rodillas y el cuerpo inclinado también al frente, lo que hacía que su cabeza colgara apoyando su barbilla sobre el pecho.

En un primer momento pensé que habría sido víctima de un accidente, pero al aproximarme veo que no tenía heridas ni hematomas, al menos visibles. Se trataba de una persona de unos setenta años, vestido con unas pocas prendas gastadas y rotas, descalzo, el que ante la proximidad del señor de la camioneta, también mayor, quizás la misma edad, y mi presencia, levantó dificultosamente su cabeza y nos ofreció una mirada inexpresiva, fría como el día.

Tratamos de dialogar, de preguntarle que le había pasado, pero solo miraba como petrificado, quizás el frío le provocaba una hipotermia paralizante que impedía una respuesta hablada. El señor de la camioneta bajó de su vehículo un saco y un paraguas. Con el viento resultaba difícil sostener el paraguas para evitar se empape el abrigo, pero entre los dos lo logramos a medias. Con decisión el hombre de la camioneta abrió la puerta trasera y me pidió lo ayudara a levantarlo y acostarlo en el asiento. Con mucha dificultad logramos ubicarlo allí y reacomodando el saco lo tapamos agregando unos trapos rejilla algo sucios y engrasados sobre sus piernas.

Ahora pongo la calefacción para darle calor dijo el hombre, agregando, vamos al Hospital de Makallé, casi como una orden. A esta altura mi sensación era una mezcla de angustia, sorpresa e intriga. Sorpresa por la contingencia, angustia por el estado crítico de abandono de una persona, e intriga por el compromiso, decisión y espíritu solidario y humano del que a la sazón resultara en cierto modo el promotor de mi propia determinación de detenerme.

Valga referir que decenas, quizás cientos de vehículos pasaron en un sentido y otro sin que ninguno se hiciera carne de la situación. Es posible que muchos ni siquiera hayan visto al hombre en la banquina, pero con seguridad no todos, ni siquiera la mayoría.

Después de media hora de viaje en las condiciones descriptas, ingresamos al pintoresco y tranquilo pueblo de Makallé.

La camioneta estaciona bajo un techo en el sector de emergencias del Hospital General Donovan. Mientras estoy estacionando frente al mismo, Carlos, el conductor de la camioneta baja, perdiéndose tras la puerta del hospital.

Me dirijo a la camioneta, abro la puerta trasera y allí estaba el hombre, acurrucado casi en posición fetal temblando a pesar del aire tibio dentro del habitáculo. Me mira y noto en esa mirada una señal distinta, como de vuelta a la vida.

El doctor Gutierrez y la enfermera Laura acuden con una camilla. El médico lo saluda con un “hola amigo, tranquilo, va a estar bien”, mientras con sumo cuidado lo van trasladando a la camilla con la ayuda de Carlos que desde la otra puerta levanta por la espalda al ahora paciente.

Como el paciente no habla aún y nosotros aportamos lo aquí descripto de cómo y dónde lo encontramos, el doctor Gutierrez piensa un instante, como dudando cómo proceder, legalmente.

Inmediatamente nos dice que para evitar cualquier implicancia posterior sobre las razones por las que el paciente se encuentra en este estado, debe dar intervención a la policía. Explica, que si la situación se complica, y por ejemplo resulta que tiene lesiones internas no visibles en este instante, compatibles con una agresión o accidente, todos vamos a tener problemas si no damos cuenta inmediatamente.

Veo que Carlos no se inmuta, pero su expresión no indica que esté feliz con la razonable postura del médico. No obstante asiente y mientras de la administración del hospital llaman a la policía y el médico se ocupa del paciente, Carlos y yo nos sentamos en un banco de madera a esperar se nos tome la declaración pertinente.

Mucho gusto, me llamo Elpidio, pero me dicen “Coco”, me presento extendiendo mi mano. Igualmente, soy Carlos me responde pero con la mente en otro lugar. Su actitud cambió a partir de la necesidad del trámite policial. Se levanta, va hasta la camioneta regresando con un celular y los anteojos en el mismo momento en que dos policías ingresan saludando con un “buen día” y se internan en el pasillo.

A los diez minutos salen acompañados por el doctor Gutierrez quién refiere en nuestra presencia que somos las personas que trajimos al paciente. El oficial que se identifica como Eladio Cardozo nos indica la necesidad de trasladarnos hasta la comisaría a efectos de una exposición que exprese lo acontecido. Carlos no emite palabra, solo asiente con la cabeza. Saludamos al médico y nos retiramos junto a los policías.

En camino a la comisaría la conversación fue breve en razón de la escasa distancia y giró en torno a la dureza del clima, mientras Carlos caminaba unos pasos detrás, sin participar ni emitir palabra.

Comprobé en Makallé que el policía está obligado a no creer. Somos todos sospechosos y tratamos de fabricar una coartada.

Ahora intuyo que Carlos ya lo sabía.

Llegamos a la comisaría y la charla amigable sobre el clima parecía de otra película. A Carlos lo sentaron en una silla de la guardia mientras a mí me hicieron pasar a una oficina donde se encontraba el comisario Tomás Vallejo. Así, sin ese.

A un lado, un cabo escribiente frente a una computadora aguardaba órdenes de comenzar a tipear, a los que se agregó el oficial Cardozo. El comisario saludó con un seco, buen día. Siéntese dijo. Los silencios comenzaron a hacerse sólidos y prolongados. Léale sus derechos y las prescripciones del Código sobre el falso testimonio, le ordenó al oficial.

Mi desconcierto había superado toda imaginación posible. Pensaba en mi primera impresión sobre el espíritu solidario de Carlos al detenerse casi jugándose la vida, y mi contagio del que momentos antes estaba orgulloso, a este interrogatorio frío, que apuntaba a brutal.

Volví a pensar que Carlos sí conocía como era esto, y de allí su nulo entusiasmo con lo que seguía. El oficial leyó algo que oí pero no escuché pensando en lo que acabo de escribir.

Ahora ya sabe que no puede mentir, me dijo el comisario, así es que cuente, ¿Qué pasó?

Comencé mi relato tal como ya está más arriba escrito, pero no habiendo llegado aún al punto de subir al hombre al asiento trasero de la camioneta, Vallejo pegó un puñetazo en el viejo escritorio y acercando su cara a la mía me espetó: ¿Tengo cara de boludo yo?

Sigue en una próxima Segunda Parte


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