¿ALGODON?, O RECONVERSIÓN PRODUCTIVA
Diario El Campesino 
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Si desde décadas el productor algodonero está en crisis ya que entre el picudo que se lleva según estimaciones un 30% de la cosecha, los insumos cada vez más caros, y el valor del producto por el subsuelo, la pregunta es: ¿a quien le interesa que miles de productores sigan trabajando a pérdida? La respuesta no es sencilla. El interés mayor claramente está en los eslabones de la cadena que menos arriesgan pero se quedan con la mayor parte de la renta.

Resuena aún como un eco aquello que "el algodón es un cultivo social". Se trata claramente de la repetición de una realidad que hace cuarenta años desapareció. Para bien o para mal, el avance de la tecnología tanto en maquinarias como en control de malezas acabó con aquella historia donde carpidores y cosecheros se llevaban aproximadamente un 40 y hasta un 50% del valor de la tonelada de algodón en bruto por su participación en la carpida y la cosecha. Florecían comercialmente todos los pueblos de la cuenca algodonera porque inmediatamente ese dinero se redistribuía. A partir del avance de la tecnología ese dinero termina yendo a los bancos para pagar las máquinas y a las multinacionales para pagar herbicidas y plaguicidas.Todo vuela no solo de la provincia, sino del país. En la provincia y sus pueblos quedó la desocupación para que se haga cargo el estado. El que luego es criticado porque según algunos alimenta vagos. Quedan también pequeños y algunos medianos productores descapitalizados que serían el único costado social de este cultivo.

El aislamiento del productor y su confinacion a ser solo el primer eslabón de la cadena como proveedor de materia prima en un mercado cuya característica más saliente es la explotación del más fuerte, más la especulación que la globalización ejerce sobre la cotización de la fibra hacen muy dificil abrigar esperanzas que repitiendo viejos mecanismos de distribución de gasoil y semillas, frecuentemente a destiempo además, se puedan esperar resultados distintos a los reiterados fracasos.

¿Hay chances que el algodón en toda la estensión de su cadena sea rentable para un país periférico como el nuesto en un mundo repartido entre pocos ganadores y muchos perdedores? Muy pocas. Casi nulas devienen las posibilidades cuando para colmo de males el productor es confinado a producir materia prima sin ninguna participación en la industrialización.

El pasado, que necesariamente debemos mirar para no repetir errores, pero sí para tomar la mejor experiencia. Ese pasado indica que en el primer quinquenio de los años 70 UCAL (Union de Cooperativas Algodoneras Limitada) nucleando más de 20 cooperativas se convirtió en esos cinco años en un polo productivo e industrial único en al Chaco y e país. Fue el asociativismo el que permitió que el productor algodonero dejara de producir materia prima barata para las corporaciones y tomara en sus manos varios eslabones de la cadena.

Veinte desmotadoras, dos hilanderías, fábrica de aceite, fábrica de algodón hidrófilo, flota de camiones, fraccionadora de vinos, un emporio con 3000 obreros con los que se compratía el 17,5% de la renta, todo en manos de los productores son el mejor ejemplo de la potencia del asociativismo para evitar la explotación.

Hoy el contexto global es distinto, sin dudas, por lo que habría que analizar otros factores que influyen fuertemente, pero no caben dudas que si no se avanza en un sentido similar y se reitera el inútil reparto de gasoil y semilla sin ningún tipo de seguridad en cuanto a rentabilidad, volveremos a tirar una importante cantidad de recursos en un nuevo y recurrente fracaso.

No se trata de sortear la situación de cualquier modo. Tampoco se trata de aferrarse tozudamente al probado fracaso del modelo. Se trata de planificar a largo plazo evaluando la conveniencia o no de insistir con determinados cultivos. Se trata de pensar en alternativas de reconversión en una provincia que importa el 75% de los alimentos que produce la tierra con una fuga de recursos cuantiosa que podría darle calidad de vida a los productores a los que hoy se entregan -una vez más- gasoil y semilla con garantía de pérdida.

Hay espejos donde mirarse, pero es necesario levantar la vista.


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