MAXIMO CAPITANICH, mi padre. Un campesino que hizo Chaco.
Branco - Resistencia
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El relato que sigue, para mi profundamente conmovedor, pertenece a mi hermana Marta a quien siempre agradezco su sensibilidad, disposición, generosidad e infinito amor para todo lo que tenga que ver con la familia.
El 7 de julio de 1900, en una aldea muy pequeña de Crna Gora- Montenegro, nacía mi padre... En
1909, con sus 9 años recién cumplidos, quedó huérfano de padre, apenas podía entender el significado de la muerte. Su casa de bloques de piedra albergaba a su madre y siete hermanos, él era el menor, cuatro mujeres y cuatro varones. Las penurias vividas eran muchas, las carencias dolían...No obstante su infancia transcurría feliz, iba a la escuela y en sus ratos libres era pastor cuidando una docena de ovejitas y dos vacas. En esa tarea de pastores, cosechó muchos amigos, y, como todo niño, ajenos a las vicisitudes de la vida dura, correteaban y jugaban deslizándose por las laderas de sus queridas montañas montenegrinas…pasaron los años y, ese pueblo, que por siglos luchó contra los invasores de todos lados, entró en la guerra de 1914, allí el hambre y la miseria asolaron con rudeza. Lo poco que tenían debían compartirlo…”venían los invasores y arrasaban con todo lo que era comestible, carenaban las ovejas, las gallinas, llevaban los quesos, trigo, papas, abrigos, zapatos…; cuando los nogales estaban cargados de nueces maduras se llevaban todo, así con todos los frutos de estación, quedaban las ramas peladas… venían nuestros soldados y de lo poco y nada que había se destinaba a alimentarlos para que puedan seguir resistiendo”...nos relataba. Y, ése niño de catorce años, conoció el hambre.

Nos contaba que , les había quedado una vaca y dos ovejas, no se las podía faenar porque la vaca daba la leche y las ovejas la lana que se hilaba y se hacían las prendas de abrigo para hacer frente a los durísimos inviernos. Cuando no les quedaba ni trigo, ni maíz, ni papas, pensaban qué hacer para paliar el hambre. A su hermano mayor, se le ocurrió un día moler el marlo y tratar de mezclar esa especie de “harina” con la crema que elaboraba mi abuela con la nata de la leche; al momento de la preparación estaban atentos todos, alrededor de la olla que colgaba del techo tocando el fogón en el suelo (erige) ¡esperando el momento de probar el nuevo alimento! decía mi padre, que, el primer bocado pudieron deglutirlo, el segundo también… los ojos de su madre brillaron..¡¡¡Ya tenemos la solución!!! Pero al tercer bocado, ¡no lo pudieron tragar! Las escamas del marlo molido se quedaban adheridas en la garganta… ¡¡¡una nueva desilusión !!! Entonces sus fuentes de alimentos pasaron a ser las raíces de arbustos y vegetales rastreros. De todos modos la familia se dedicaba a hacer pequeñas huertas, pensando que algo iba a quedar cuando pasen los soldados. ¡¡¡Gracias a Dios ustedes no saben lo que es la guerra!!! Nos repetía una y otra vez durante las largas charlas en las que nos relataba su triste infancia y adolescencia. Cuando pasó el horror de la guerra, como pueblo estoico y sufrido, si los hay, comenzaron de a poco a recuperarse y buscar la manera de avanzar, intelectual y económicamente. Mi padre se dedicó a aprender el oficio de sastre, adquirieron con mucho sacrificio una máquina Singher de la primera producción. Según contaban sus amigos, era uno de los mejores sastres de la zona. Se distinguía por su prolijidad y perfeccionismo. Su hermano mayor ya había emigrado a la Argentina, llegaban cartas relatando que el trabajo aquí era durísimo, en las vías que se extendían en la pampa húmeda, pero…había paz ¡y sobre todo alimento!..Así surgió en la familia la idea de buscar nuevos horizontes, la familia era numerosa y las ocho hectáreas no daban para su manutención. El tercero de sus hermanos varones emigró a EEUU en 1921, volvió a Montenegro con escaso dinero pero decidió abandonar nuevamente su tierra natal y venir a la Argentina y así lo hizo en el año 1922. Desde aquí escribía, cartas que demoraban más de tres meses en llegar y otros tres en recibir respuesta; había tierras que el gobierno entregaba a inmigrantes en el norte del país... A finales de 1924 papá se aprestaba a emigrar también. Con muchísimo dolor se despidió de su madre y sus hermanos, de su aldea y sus amigos… ¡duro trance de todos quienes dejan su tierra! No viajaba solo ...acompañaba a dos jovencitas, una la prometida de un amigo y la otra prometida de su hermano ; la primera no conocía a quien sería su esposo, la segunda había visto a su futuro marido una sola vez…esos muchachos que habían emigrado querían casarse con jóvenes de su mismo origen , deseosos quizás de conservar sus costumbres, su idioma y sus tradiciones, no obstante , a pesar de no existir noviazgos, fueron matrimonios muy felices , unidos por el sacrificio y añorando juntos sus aldeas. Llegaron a Buenos Aires en mayo de 1925. Su destino era el Chaco, provincia donde unos ocho años antes se instalaron familiares y amigos. Esta provincia donde recaló mi padre, era boscosa, de monte cerrado, agreste. Para ganar terreno y destinarlo al cultivo del algodón, había que desmontar. Papá con su oficio de sastre, ¡poco y nada sabía de desmonte y siembras! Pero… ¡había que aprender! Machete y hacha en mano, se internaba en la selva y comenzaba la tarea apenas despuntaba el alba. Con escasos elementos y mucha fuerza, fue ganando pampitas, trataba de no talar los quebrachos y algarrobos, porque sabía que eran útiles y demoraban años en crecer. Con arado mancera, sembradoras tiradas por caballos fue labrando el campo. Sufrió mucho los calores intensos y los ataques de alimañas. En el malezal encontraba avispas que llamaban “carniceras” por su peligrosidad, atacaban y picaban provocando fiebre y fuertes dolores. También había jejenes, polvorines y “piques” ¿qué eran los piques? Preguntábamos curiosos, era un bichito que se criaba en las malezas y picaba los tobillos, comenzaba a hacer verdaderos túneles debajo de la piel, provocando un malestar enorme y úlceras. Las medicinas eran, por supuesto , caseras; en la colonia alguien había traído un libro escrito por un antiguo médico yugoslavo (Dr., Pelagić) , ante cualquier problema se consultaba con ese libro que se cuidaba como una reliquia. Pero ésas no eran la únicas dificultades de éste inmigrante venido de un lugar montañoso y clima agradable. Además de las alimañas que atacaban en lo físico, había otras que afectaban lo económico: la langosta; cuando el algodón estaba en pleno crecimiento aparecían “las mangas de langostas” oscureciendo el cielo, y en pocas horas dejaban la tierra yerma… ¡todo se perdía! ¡Pero éste gringo había pasado una guerra! No se amilanó nunca ante la adversidad. ¡Caía mil veces y otras mil se levantaba!

En el año 1928 vino de Montenegro su madre con el segundo de sus hermanos, (que era como el segundo padre para mi papá), la cuñada y tres sobrinos de seis, cuatro y tres años respectivamente, de pronto, la casa se llenó de juegos y risas infantiles. Igual, su corazón estaba partido en dos, en la aldea, a doce mil kilómetros, quedaron sus cuatro hermanas a las que recordaba permanentemente con tristeza. Las cartas eran esperadas con ansias, ellas traían noticias…a veces alegres, cuando de casamientos o nacimientos se trataba, otras veces eran tristes, pero, siempre, las enormes distancias dejaban truncos los abrazos.

En 1942, el amor llamó al corazón de mi padre, formó su hogar, la vida lo premió con una gran compañera; tuvo dos hijos. Su única preocupación era que tengamos un futuro mejor. Transmitió valores como la honestidad, la veracidad, el apego al trabajo, la solidaridad y la ayuda mutua como práctica del humanismo, el amor a la familia. Las buenas costumbres nos fueron transmitidas a través de anécdotas y cuentos, que mi padre nos contaba con el doble propósito de distraernos y a la vez, formarnos, porque siempre había moralejas .Eso nos acompaña como una herencia todos los días de nuestras vidas; cuando nos enfrentamos a alguna dificultad pensamos: “papá decía…” y encontramos siempre la respuesta a nuestras dudas. Nos inculcó el amor a su patria Montenegro-Jugoslavija – como si fuera nuestra abuela. De niños nos acunaron viejas canciones de su querido terruño, canciones que cantamos hasta hoy, nos transmitió sus costumbres y tradiciones. Pero, por sobre todas las cosas, nos inculcó el amor a nuestra Patria: la Argentina, a la que él amó profundamente y respetó, había que verlo en los actos patrióticos cantando nuestro Himno con unción. Siempre fue un agradecido a ésta segunda patria que generosamente lo cobijó.
La idea que nunca abandonó es la de regresar a su tierra alguna vez…Pasaron los años, los hijos se casaron, llegó la escasa jubilación, pero tenía la renta de su chacra. Comenzó con los ahorros y dio rienda suelta a su sueño…
Al cabo de casi seis décadas, ese sueño se cumplió y papá volvió a la aldea de sus amores…

Máximo con su hija Marta y los nietos Marcos y Silvana en la puerta de su casa en Montenegro 60 años después.



En agosto de 1984 embarcó a cumplir su gran deseo, lo acompañaba su esposa Maruca, su hija, dos nietitos, su sobrino Bosco y un grupo de amigos que iban a visitar su lejana patria. El avión hizo escala en Kiev, allí abordaron un grupo de yugoslavos que estaban de vacaciones en esa ciudad, cuando despegamos y estábamos prontos a aterrizar en Belgrado, ese grupo comenzó a cantar al unísono la canción “Jugoslavijo”, fue indescriptible la emoción de todos, pero ninguna se pudo comparar con la emoción de mi padre, la vida le dio ese regalo, que aterrizara en su tierra con esas voces que la loaban. En Belgrado se encontró con sus sobrinos queridos, disfrutó con ellos, pero tenía mucha ansiedad de llegar a Podljut- Velimlje: su dulce hogar. Su llegada fue una algarabía, se reencontró con sus primos hermanos, sus sobrinos nietos, con muchos de sus antiguos amigos, sus compañeros de escuela y… nuevamente ¡¡¡ con sus queridas montañas!!! Tenía 84 años ¡y había que verlo escalando y bajando cual si fuera un niño!
Papá con su sobrino Bosco en el frente de su casa en Montenegro ya semiderruida después de 60 años
Cada día era una fiesta…las reuniones se hacían en distintas casas pero toda la aldea se juntaba , fueron deshilvanando tantas antiguas historias…tantas anécdotas…No quedó un solo lugar sin visitar… no quedó ninguna vieja canción sin cantar …y… en el cementerio no quedó ningún sepulcro sin visitar, depositar una flor con lágrimas en los ojos. Cumplió la vieja promesa, le hizo la tumba a su padre, en ella dejó escrito en el idioma y en castellano: “Papá he cumplido mi deseo”
Fueron los cuarenta y siete días más felices de sus últimos años…los
vivió con asombrosa intensidad, entre su gente, sus montañas,
con sus más bellos recuerdos y también con los más tristes.
Papá con Maruca y una prima hermana en Montenegro

Se reencontró con su vieja máquina de coser Singher, conservada por sus sobrinos como una reliquia. Cuando la vio, sonrió con una mezcla de alegría y tristeza, seguramente su memoria voló seis décadas atrás… nos pidió que le sacáramos una foto , sentado junto a ella, notamos que su mano rugosa pasó varias veces por la madera lustrada, como una caricia, como un reencuentro y una definitiva despedida con una antigua y querida amiga…

Máximo con su Máquina de coser

Una mañana de octubre, otoño en Montenegro, familiares, amigos y vecinos de la pequeña aldea se reunieron para desped
ir a aquél, otrora muchacho de veinticinco años, que hacía ¡sesenta! , dejaba ese solar querido, en busca de pan, paz y trabajo… Entre largos abrazos y muchas lágrimas, uno por uno le agradecía el haber vuelto y le expresaba sus mejores deseos. La despedida con sus sobrinos y sobrinos nietos, fue un momento indescriptible. En las retinas de quienes estábamos en el lugar, quedó grabada su mano en alto diciendo ¡adiós! Su gallardo corazón resistió el momento de profunda emoción.
En el automóvil que nos trasladaba al aeropuerto, y se deslizaba por la ruta bordeando altas cumbres, había siete ocupantes, entre ellos mis dos pequeños hijos…, durante el trayecto de 70 km. Nadie pronunció una palabra, solo los chicos rompían el silencio con alguna inocente pregunta…Mi padre miraba, entre lágrimas, sus queridas montañas… se estaba despidiendo de ellas para siempre…
En un rincón de su equipaje, trajo una piedra de su casa natal, nos pidió que ella lo acompañara a su última morada.
Siete años más tarde, ese gringo de fuerte estirpe, moría. La piedra que trajo como un tesoro, lo acompaña en éste suelo chaqueño, donde sus restos descansan.

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